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Todo hábito corporal o patrón esconde un estado emocional a través de nuestros comportamientos y acciones.
Sin ser conscientes, en la vida diaria adoptamos posturas sentadas o de pie incomodas, tensiones innecesarias.
Por ejemplo, cuando leemos tendemos a veces a apretar las mandíbulas, cuando alcanzamos un objeto, ponemos demasiada tensión en nuestras manos, cuando nos sentamos, no sabemos cómo hacerlo sin que ello nos suponga un suplicio, cuando andamos por la calle, solemos andar de manera apresurada, forzando nuestro organismo.
¿Somos conscientes de ello? La respuesta es en la mayor parte de las veces es que no. El verdadero problema surge cuando adoptamos estas posturas como genuinas, con su consecuente estado de desgaste natural.
No podemos pretender que una persona que no confía en si misma vaya erguida por la vida y que su postura corporal refleje afirmación. Nos sentiremos seguros si podemos apoyarnos en nuestra estructura corporal (ósea) y si tenemos bien los pies firmes en el suelo.
Una posición inestable de la pelvis creará descompensaciones e inestabilidad en el resto de la estructura corporal, lo cual se traducirá en una inestabilidad en nuestra manera de movernos por el mundo y un comportamiento inseguro que dejará huella en nuestro organismo.
¿Cómo podemos cambiar nuestras emociones a través de nuestros movimientos y posturas corporales? Lo importante es recuperar la salud física y emocional y comprender el vínculo entre las dos.
Las posturas de nuestro día a día son un reflejo de nuestra autoimagen y de la manera en que nos percibimos en movimiento. Dicho con otras palabras, representan el patrimonio que hemos heredado, imitado o aprendido por experiencia y a través del cual nos expresamos.
A menudo, nos parece difícil o imposible modificar esos patrones establecidos a través de nuestros movimientos, acciones, sensaciones, comportamientos, emociones y expresiones.
Hay tantas posturas como seres humanos, ya que cada uno de nosotros tiene su forma peculiar de adaptarse a su entorno y moverse de forma más o menos eficiente en él.
Muchos de nosotros pensamos que no podemos cambiar nuestros hábitos corporales. ¿Pero, qué necesitamos realmente para modificarlos? Para producir un cambio duradero en nuestra manera de hacer las cosas, primero necesitamos identificar lo que hacemos.
Para cambiar un patrón corporal anclado y preservar nuestra salud física y emocional, necesitamos remplazar los movimientos o gestos ya existentes, automáticos, por aquellas que nos quedan por aprender.
El aprendizaje tiene ese don: nos permite descubrir y elegir aquellas opciones que nos convertirán en seres más funcionales y creativos.
Otro tema importante para modificar un hábito o patrón motor, es el ejercicio y repetición de lo aprendido, lo cual reforzará las conexiones neuronales ya establecidas por el aprendizaje.
Cuanto más nos familiaricemos con esas nuevas posibilidades más capaces seremos de reproducirlas de manera integrada y espontánea. Un sutil esfuerzo disciplinario es a veces necesario para integrar un nuevo comportamiento.
Consideremos la salud física y emocional en estrecha relación con la expresión de nuestros movimientos.
Modificar y reorganizar patrones motores y cambiar hábitos, es la opción adecuada para el que quiere preservar su salud y mejorar su calidad de vida.
Susana Ramón
www.metodofeldenkrais.com
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